Homilía en la noche de Navidad Hoy nos ha nacido el Salvador 1. La Buena Noticia de este día se resume en una frase corta del Evangelio: “Hoy les ha nacido el Salvador, el Mesías, el Señor”. Lo desconcertante es que ha nacido en un pesebre. Porque no había sitio para él en la posada. El niño que nace se llama “El Señor”, que en el lenguaje cristiano adquiere un significado muy rico: es el señorío de Cristo manifestado mediante su resurrección y ascensión al cielo, que han revelado que él es el Hijo de Dios (cf. Hch 5, 42; 11, 20; 2, 36). Así es proclamado por los ángeles el día mismo de su nacimiento. El que nace no es solamente un ungido, un salvador, un señor cualquiera de este mundo, sino el que está en el pesebre es el Hijo de Dios. Los ángeles traen la Buena Noticia, el Evangelio de la alegría, comparable al que predicaban los apóstoles anunciando la resurrección de aquel a quien los judíos habían condenado a la crucifixión. Buena noticia que anuncia el cambio de las cosas, de la situaciones, de las realidades terrestres que el mismo Jesús detallará en las Bienaventuranzas: “los que lloran hoy, los que tienen hambre hoy, los que son pobres hoy: son dichosos” (6, 20-26). Este cambio total, esta novedad, de las cosas traídas por el nacimiento del Señor en un pesebre, queda también sugerida mediante otras oposiciones de palabras o contraste de imágenes, como por ejemplo: Noche- luz. Los pastores se encontraban en la noche antes que les fuera comunicada la Buena Noticia, y, en cambio, con los mensajeros de la sorprendente noticia, aparece una gran luz, una extrema claridad, que es “la Gloria del Señor “. Cambio total de las cosas, indicio de que un mundo verdaderamente nuevo en el que las realidades aparecen al fin tal como son. El secreto que se desvela cuando al anuncio del Ángel se añade una multitud del ejército celestial que alaba a Dios diciendo Gloria a Dios en el cielo y paz en la tierra a los hombres que Dios ama. Porque cuando los hombres y mujeres son amados de este modo por Dios, se realiza la maravilla que convierte a la noche de los hombres en un instante tan luminoso como el día. La primera lectura destaca el tema de la luz. Al pueblo que caminaba en tinieblas le es ofrecida una gran luz, signo de un acontecimiento que provoca una alegría extraordinaria. Hay también alegría, liberación de Dios y fin de las guerras. Todo esto se concentra en un niño, a quien se le dan muchos títulos, y que es el pacificador universal. Ese niño anunciado por Isaías es Jesús, descendiente de David, que nos trae la verdadera paz. Es la paz cantada por los ángeles y cuya última descripción es el amor que Dios nos tiene. ¿Podríamos hacer esta noche la experiencia de regresar a casa llenos de este amor que Dios nos tiene? ¿Podemos experimentar esta Eucaristía como signo del amor que nos manifiesta en el nacimiento de su Hijo? Nadie puede estar hoy deprimido. Porque un amor tan grande no se lo permite. La segunda lectura ve el acontecimiento ya realizado. Es el don de Dios ya otorgado que nos trae la salvación. Se trata de la vida en la tierra de Jesús Señor, de la presencia del “Gran Dios y Salvador nuestro”. La venida que hemos visto en el evangelio es modesta: ha nacido en un pesebre, sin embargo, llama a una “aparición en la Gloria”. Este pensamiento coincide con el sentido del Adviento que nos asegura que a la venida de Jesucristo con su nacimiento humilde seguirá esta otra venida en gloria al final de la historia. 2. El Mensaje de Navidad de los obispos de Guatemala, nos ha llamado a la reflexión a partir de la realidad que vivimos. Dice: “A lo largo de los siglos, esta celebración (de Navidad) se ha visto rodeada de costumbres y prácticas, que a veces, oscurecen su sentido de fe y distraen de lo que es verdaderamente importante e incluso- añaden los obispos- hacen cerrar los ojos delante del sufrimiento de hermanos y hermanas que viven en situación de precariedad, de miseria y sufrimiento”. Ponen el dedo en la llaga cuando afirman: “Desgraciadamente para muchos cristianos, conmemorar el nacimiento de Jesús significa dejarse enredar en las trampas de consumismo materialista y desórdenes como el alcoholismo y el desenfreno. Por eso, - nos advierten- debemos recuperar el sentido de la navidad. Dios se hizo hombre dando a la dignidad humana un valor divino” (Mensaje, 3 y 4). Los obispos, lanzan una voz profética cuando dicen: “Solamente el amor de Dios en el ejercicio de nuestra caridad y en la práctica de la justicia salvará a nuestro país. Este país tan querido que se debate en la vorágine (el caos) de los asesinatos cotidianos, linchamientos, asesinatos de pilotos y ayudantes de buses, de mujeres y de niños inocentes, en la impunidad, en la pobreza creciente, en la incertidumbre de los desempleados, en el sufrimiento de los migrantes y deportados, en el desconcierto de la gestión pública, en la angustia de las familias, que pasarán una navidad dolorosa por la muerte de los seres queridos y sufrirán la escasez económica que no les permitirá ni siquiera una cena navideña en familia”. Y añaden su reacción: “Todo esto nos duele como pastores. Nos preocupa y nos entristece”. Con todo, - añaden- confiamos en el poder de la Palabra de Dios que se hizo carne, para vivir entre nosotros, fundamento de nuestra esperanza y de nuestra alegría. Dios Padre nos ama en Jesucristo, su Hijo, y nos llama a cada uno por nuestro nombre. Verdaderamente contamos para Dios” (Mensaje, 7 y 8). 3. Vayamos ahora a nuestra casa con esperanza, y, a pesar de lo negativo que encontremos en nuestra vida, tengamos la certeza que hemos recibido de nuestros padres en la fe, de aquellos santos pastores que encontraron el sentido profundo de la Navidad y también de su vida, y recojamos al menos un pensamiento de ellos: San Agustín dice: “¿Qué mayor gracia pudo hacernos Dios? Teniendo un Hijo único lo hizo Hijo del hombre, par que el hijo del hombre se hiciera hijo de Dios” (2 Lectura día del 24 de diciembre). El papa san León Magno, por su parte, nos dice: “Nuestro Salvador, amadísimos hermanos, ha nacido hoy; no hay lugar para la tristeza, cuando nace aquella vida que viene a destruir el temor de la muerte y a darnos la esperanza de una eternidad dichosa” (2 Lectura del día de Navidad). Que la conclusión de esta Eucaristía sea vivir con esperanza, con deseos de construir un mundo mejor, de hacer más fraterna nuestra convivencia, de ayudar a quitar el sufrimiento de tantas familias, a ofrecer nuestra contribución para una Guatemala donde se respete y valore la vida, donde se supere la pobreza extrema que nos rodea, donde no haya lugar a la impunidad sino que reine justicia, donde aun el más pobre campesino tenga oportunidades para superarse, donde las familias muestren lo mejor de sí mismas a las otras familias, donde se pueda confiar en las autoridades porque tienen con su vida honesta y laboriosa a favor de la comunidad se han ganado la confianza de los ciudadanos, donde podamos vernos y apreciarnos como hermanos, por ser hijos e hijas de Dios, que para eso nació esta noche en Belén el Hijo de Dios. ¡Feliz y santa Navidad para todos ustedes! Catedral de Jalapa, 25 de diciembre de 2009, misa de media noche.
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