Homilía en Santa Catarina Mita Soy consciente que es hoy un día de sentimientos encontrados, porque, por una parte, hay lágrimas y mucho dolor por la partida del padre Carlos Humberto Ramírez, que hasta ahora ha sido párroco de Santa Catarina, pero, por otra y creo estar en lo justo, hoy, sin restar nada a sus sentimientos de pesar, es también un día de alegría para esta parroquia porque -por gracia de Dios- llega a ustedes su nuevo párroco para los próximos seis años. Y llega justamente el domingo en que celebramos litúrgicamente la visita de María a Santa Isabel, que ya lleva seis meses de esperar en su seno a Juan el Bautista. María, después del anuncio del arcángel Gabriel, no se queda extasiada en su casa, sino que se convierte en la primera misionera, seguidora de ese hijo suyo, enviado por el Padre, que no vendrá a ser servido sino a servir. Un comentarista sugiere – y creo que con razón- que no debería haberse escogido la primera lectura que está puesta sino un gran pasaje de Isaías: “¡Oh tú que dices buenas noticias a Sión”, “súbete a un monte elevado, heraldo de Sión, alza fuerte la voz… álzala, no temas, di a las ciudades de Judá: ¡Aquí está vuestro Dios!”. María es ese heraldo, que desde las montañas de Judá, es portadora de esa buena noticia: “Aquí en mi propio cuerpo, aunque todavía no ha comenzado a moverse; aquí se ha encerrado el misterio de Dios; aquí está el Emmanuel, el Dios con nosotros, aquí está vuestro Dios”. Precisamente la carta a los Hebreos presenta hoy la entrada el Verbo de Dios en el mundo, cuando, después del anuncio del ángel Gabriel, María ha pronunciado su SÍ: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mi según tu palabra”. En ese momento, el Verbo de Dios asume la misión del Padre: “Aquí estoy, ¡oh Dios! para hacer tu voluntad”. Dios le preparó un cuerpo a Jesús, un cuerpo verdaderamente humano, cuya misión es cumplir la voluntad de Padre. Este es también el resumen de la vida de María. Porque lo importante no es que María, madre, lo haya gestado en su vientre, sino que ella escuchó siempre la palabra de Dios y la puso en práctica. En la vista de María, está simbolizada la Iglesia. La condición de María que lleva en su seno a Jesús, es parecida a la de la comunidad que lleva en sí misma a su Señor para comunicarlo a los demás. Ella es modelo de la Iglesia, ella es la primera creyente, la primera discípula, la primera misionera, como la presenta el Documento conclusivo de Aparecida. Por eso, su prima Isabel le gritará: ¡Dichosa tú, porque creíste!“. Miremos a María, como modelo de creyente. Que de cada uno de nosotros se pueda decir: “dichosa o dichoso tú, porque has creído en Jesucristo”. Lo importante en la vida de cada ser humano es saber cumplir la misión que Dios le ha encomendado, aunque parezca pequeña, sencilla, sin importancia. Siempre puede decir cada uno de nosotros: Aquí estoy para hacer tu voluntad, o como María: ¡Hágase en mí, según tu voluntad! Todos somos Iglesia. y formamos parte de la comunidad portadora de Jesús, el Señor.
Este día quiero decirle al P. Raúl dos cosas: un consejo y una confidencia. Es preciso ver tu llegada a esta parroquia a la luz de estos textos. Más allá de cualquier consideración puramente humana, hay que ver este nombramiento de párroco con una mirada de fe y verlo como una oportunidad para decir: Aquí estoy, Señor, para cumplir tu voluntad. A ti, padre Raúl y a toda esta comunidad aquí reunida, quiero decirte que por este texto, soy obispo. Se los contaré. Cuando –de manera tan inesperada para mí- me llamó el Nuncio Apostólico de su Santidad en Guatemala y me comunicó que el santo Padre Juan Pablo II quería que yo fuera obispo de Quiché, me rehusé. Aduje como pretexto que no tenía la salud necesaria para tremenda responsabilidad. Piensen ustedes un momento que Quiché era el lugar más golpeado por el conflicto armado interno y que allí los sufrimientos eran incontables, la diócesis llevaba seis años sin obispo, los sacerdotes habían tenido que salir porque eran matados unos tras otro, los catequistas asesinados eran muy numerosos, más los refugiados en México, que oficialmente eran 40 mil, pero en realidad pasaban de cien mil, la mayoría de los cuales había salido de esa diócesis. El panorama era como para decir que no, como yo lo dije. Sin embargo, el Nuncio no me aceptaba la negativa. Le pedí permiso para hablar con mi confesor, y no me lo permitió. Yo no sabía que hacer. Entonces se me ocurrió pedirle ir a su capilla a orar, a consultarle al Señor. Me lo permitió y entré temblando a la capilla, y busqué el Misal, diciéndome a mí mismo: El Señor me hablará claramente para saber qué tengo que hacer. No había misal de altar en la capilla en ese momento, sin duda estaba guardado, pero yo no sabía dónde. Finalmente, encontré un misalito, seguramente de una hermana, de las que prestan su servicio en ese lugar. Gracias, Padre Carlos, por tus seis años de buen pastor en esta parroquia. Gracias por todo el bien que hiciste. Que Dios te bendiga y te ayude en tu nueva misión en la parroquia del Carmen, en Jalapa. Santa Catarina Mita, 20 de diciembre de 2009.
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