LA CUESTIÓN DE DIOS +Mons. Mario Alberto Molina La cuestión de Dios se ha vuelto margi-nal en nuestra cultura. La población en general se declara creyente y practica algún tipo de religión. Pero la religiosidad popular no garantiza que la cuestión de Dios se plantee en las instancias generadoras de la cultura. La academia, por lo general, ha arrinconado el tema de la religión al campo de la antropología cultural o de la sociología de la religión, de modo que Dios se convierte en construcción imaginaria, como tantas otras invenciones culturales. El método científico excluye por principio la posibilidad de elaborar una ciencia en torno a Dios, quien no es un objeto observable, cuantificable o manipulable. Las constituciones y sistemas políticos de las naciones exacerban los esfuerzos por marcar la separación de la Iglesia y del Estado, de modo que la cuestión de Dios se privatiza como un asunto eclesial, sin pertinencia social. En los medios de comunicación la religión es con frecuencia objeto de atención desde sus aspectos más exóticos, superficiales o escandalosos. Muchos están convencidos de que este arrinconamiento de Dios es un logro cultural, que da lugar a la independencia y autonomía del hombre. Pero es legítimo preguntarse si no es más bien un empobrecimiento social haber reducido a Dios a puro fenómeno cultural, olvidando su estatuto como fundamento de la realidad. A veces pensamos en Jesús como un maestro de moral. Y lo es en muchos sentidos. Pero el mensaje central de Jesús versa sobre Dios: su identidad y características. Las "tentaciones de Jesús" más que una prueba en el campo de la moral, fueron un debate en torno a Dios. ¿Basta con satisfacer las necesidades corporales y temporales para resolver la problemática humana o es necesario abrirse también a Dios pues toda persona tiene inquietudes que superan los requerimientos meramente corporales y materiales? ¿Son constructivos el poder y la libertad que se ejercen al margen de toda responsabilidad y de toda referencia ética o solo construyen la libertad y la autoridad que se ejercen en sujeción a Dios y a los valores morales reconocibles desde una reflexión sobre la realidad? Y si se admite la existencia de Dios, ¿es Dios un poder disponible para satisfacer los caprichos humanos y para resolver problemas de modo mágico, o es Dios una persona que llama a la confianza y a la responsabilidad personal? En las respuestas que Jesús da al demonio en su debate inaugural, la segunda parte de cada una de estas preguntas representa el pensamiento de Jesús. La gran tragedia de nuestro tiempo es el desplazamiento de la cuestión de Dios a los márgenes de la cultura. Sin Dios no hay fundamento sólido para una moral personal, y menos aún para una ética pública. Sin Dios no hay un criterio firme para un uso responsable de la libertad y de la autoridad. Sin Dios no hay sentido de la historia, más allá de las conveniencias y ventajas del poder. Es urgente traer de nuevo la cuestión de Dios al centro de la cultura, con respeto, tolerancia y racionalidad. El peso de la misión está en los hombros de quienes somos creyentes. Artículo tomado de Prensa Libre, del día domingo 21 de febrero, sección opinión, página 22.
|